viernes, 10 de julio de 2015

EXCESO DE SENTIDO


En una conversación reciente con algunos colegas, salió a relucir un comentario de Albert Camus sobre el suicidio.  Como bien reconoció Freud, cada vez que se hallaba pisando terrenos psíquicos misteriosos para explorarlos, encontraba las pisadas de los poetas que lo habían precedido, y el tema del suicidio no es una excepción.

  La sabiduría popular reza que el suicidio sucede cuando una persona no encuentra un sentido a su vida.  Camus sabía, sin embargo, que un individuo se suicida cuando su vida tiene un exceso de sentido.

  Cualquier psicólogo clínico puede confirmar lo preocupante de estar acompañando en psicoterapia a un paciente que desee quitarse la vida.  Las formas de morir no se limitan a aquellos actos fácilmente reconocidos como letales, sino que incluyen la anorexia, la bulimia, toda la gama de conductas riesgosas desde los actos sexuales sin protección con gente desconocida hasta manejar sin precaución. 

   Los pequeños suicidios metafóricos en la gente joven no son raros: mutilarse, cortarse, perforarse, quemarse, someter el cuerpo al dolor de mil formas, a veces con el paradójico fin de saberse vivo, ya que se siente muerto, o de poseer mediante el dolor un cuerpo que no se sabe propio. 

  ¿Qué quiso decir Camus al hablar de un exceso de sentido?  Nos tiene que preocupar, porque existe una particular relevancia cuando vemos con tristeza el número de jóvenes que piensan en la muerte. 

   El informe de la Organización Mundial de la Salud sobre violencia nos dice que el suicidio, como acto cumplido, tiende a presentarse con mayor frecuencia entre los individuos que envejecen, pero en términos absolutos, hay más suicidios entre las personas menores de 45 años de edad.  Este perfil difiere notablemente de aquel de hace 50 años: el número absoluto de suicidios tendía a aumentar junto con la edad.

   Actualmente, la incidencia de suicidio es mayor entre los individuos menores de 45 años en una tercera parte de todas las naciones, independientemente de su nivel de desarrollo o riqueza.  Este es un cambio impactante, y de seguir así, pronto no sólo en términos absolutos, sino también en proporciones, serán los individuos relativamente jóvenes los que se quitan la vida.

   ¿Qué llevaría a una persona a querer morir en la plenitud de su vida?  ¿Por qué quisiera morir un adolescente o un adulto joven, con toda la vida por delante?

   Tal vez sea más fácil observar la verdad plasmada en la opinión de Camus cuando se trata de un joven con deseos de morir, aunque es válida la observación a cualquier edad.  ¿Cuáles desilusiones, qué vaciedad puede haber en una vida que apenas arranca?  ¿Qué podría interferir tan mortalmente en la realización de lo que Freud consideraba la salud del alma: amar y trabajar?

   Si tuviera que resumir brutalmente la respuesta en una frase única, sería: el letal peso del deseo ajeno.

  No es la falta de valores, aquella trilladísima frase que ha quedado sin sentido ya, pero sí puede ser una forma muy particular de desilusión: la desilusión consigo mismo del que no puede cumplir las expectativas imposibles de un otro, expectativas silenciosas que se transmiten de mil maneras.  Es el hijo que no puede realizar la consigna de rescatar el matrimonio de sus padres, de ser el sustituto emocional de su padre o madre, la joven cuyo único campo de autonomía es el alimento que se rehusa a ingerir. Son los jóvenes que sólo encuentran un camino a la libertad de tantísimo exceso de sentido mediante la muerte.

   Casi todos los que trabajamos en la psicología clínica hemos encontrado a jóvenes cuyo significado y sentido yacen en la consigna de, precisamente, morir, una orden emitida por la locura ajena de padre, madre, o abuelos.  La importancia de su vida se halla en la necesidad de sacrificarse para salvar a algún otro, de realizar una peculiar forma de homicidio en representación de ese otro, y practicado sobre ellos mismos.

   Para estas personas, su dilema no se compone de las imposibilidades de ser perfectas, de ocupar lugares de otros, de cargar con las necesidades emocionales de seres queridos, sino de servir a los vivos a través de una muerte.

  El terrible peso de semejantes deseos ajenos reside en su invisibilidad al ojo común, y su insidiosa actuación dentro del individuo se percibe como un vacío, un hastío, una ausencia de los placeres ordinarios de la vida cotidiana.  Por eso lo que reporta el involucrado es un árido llano gris sin horizonte, un paisaje ni siquiera de pesadilla, sino de desolación callada. 

   La sabiduría de esta observación de Camus señala el camino a la salvación, pero parece ser un camino poco reconocido: la vida cobra importancia cuando al individuo se le resta la misma.

   Para el que desee morir, no hay que luchar por enseñarle cuán importante es, cuántos valores bellos contiene la vida, cómo lo quieren otros.  El que desee morir sufre ya de una importancia excesiva que no quiso, valores que no son suyos, amores que matan.  El aire que deseara dejar de respirar está vacío: su oxígeno ya lo consumieron otros.

  El que desee morir requiere la enorme libertad de ser insignificante, ordinario, común y corriente. Necesita andar por el mundo descubriendo sus propios deseos. Tiene que deshacerse de las cadenas de la omnipotencia imposible y la perfección inalcanzable. 

  No le hacen falta las lecciones moralistas, llenas de acusación disfrazada de cariño, para agregar a su culpabilidad y su rabia. 

  Su alma requiere ese silencio lleno de vida que reconoce nuestra impotencia ante la muerte.  No es el silencio de la desesperanza, sino de la escucha.  Existe un destello de salvación en el mensaje de un ser querido, dispuesto a amar sin acusar, que se confiesa indefenso ante el deseo de morir del otro.

  En el horizonte vacío de su existir, que se reconozca la validez de un solo deseo suyo, aunque sea la muerte, puede ser el inicio de la vida, una vida felizmente sin exceso de sentido.

  karen_batres@yahoo.com

  

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