miércoles, 25 de marzo de 2015

EL EXTREMISTA


En las semanas después del ataque a Charlie Hebdo, y después también de escenas de barbarie de parte del Estado Islámico y Boko Haram, después de la cantada “primavera árabe”, después del ataque en Tunis que causó la muerte de varios turistas que visitaban un museo, se ha hecho evidente que el mundo occidental no comprende las bases ideológicas de estos primitivos movimientos.

    Los más extremistas de los proponentes del Islám han dicho claramente que la democracia es una violación de los preceptos religiosos; sólo su dios y sus leyes plasmadas en el Quran pueden gobernar un pueblo, y es una vejación que el hombre pretenda gobernarse por sí solo.

    Ed Husain, otrora extremista, explica claramente en su libro, “El Islamista”, cómo es el proceso mediante el cual un musulmán de segunda generación en Inglaterra se convierte en un individuo dispuesto a abandonar todos los valores familiares y culturales de su crianza y devenir enemigo del pueblo que los acogió.

    Explica que la segunda generación se encuentra en una especie de limbo: no es igual a los padres que emigraron y se establecieron en un país no musulmán porque no comparte la historia cultural de los progenitores.  Pero como estas comunidades de inmigrantes tienden a vivir en enclaves con sus semejantes, muchos de la segunda generación tampoco se integran plenamente en la sociedad inglesa (o francesa, o italiana, o sueca, etc.).  El resultado suele ser una especie de inquietud ansiosa que busca una identidad que apacigüe la sensación de no pertenecer en ningún lado.

    Esta generación es especialmente vulnerable a líderes dinámicos que plantean el Islam no como una religión de vida espiritual sino como una consigna de acción, sobre todo acción política con fines de establecer el estado islámico.  Parte integral de la postura es el rechazo de todos los “musulmanes a medias”, que incluyen a la generación anterior, los líderes árabes de países que colaboran con Estados Unidos (Arabia Saudita es especialmente señalada), y cualquier país no musulmán.  La ideología es usada para crear odio.

    Este concepto de rechazo gana fuerza con incidentes como la guerra de los Balcanes en la cual la población musulmana de Bosnia sufrió atrocidades (que por cierto fueron filmadas y las películas usadas para la radicalización del autor del libro mencionado). Los líderes islamistas que reclutan a los jóvenes hacen hincapié en que el mundo de occidente reaccionó tarde para abordar el conflicto armado en Balcanes, y lo atribuyen al hecho de que estos países no tienen interés en el destino de las poblaciones musulmanes.

  Paso a paso, Husain describe cómo los “activistas” que no proponen la radical politización del Islam van perdiendo influencia ante el deseo de esta segunda generación de “hacer algo”, de establecer su identidad como musulmanes (a pesar de que muchos no comprenden plenamente las enseñanzas del Quran), de desahogar resentimientos que ellos mismos han ayudado a crear al no querer integrarse a la sociedad del país donde nacieron, atrapados como son entre la cultura de sus padres y la tendencia de aislarse en comunidades de sus semejantes, por un lado, y la modernidad de Occidente por otro.

    Esta es tierra fértil para líderes extremistas que con táctica, sagacidad, y un dominio psicológico de las necesidades de los jóvenes, logran sembrar sus semillas de odio y violencia.  Estos son los jóvenes que salen de Inglaterra, Francia, Alemania, España e Italia para luchar con el Estado Islámico. 

    El mundo occidental no parece entender esto.  Todo lo atribuye a “prejuicios” y “racismo” del país anfitrión sin reconocer que hay personas que no desean integrarse aún si pueden. Otros inmigrantes han superado el racismo y el prejuicio para convertirse en parte de la sociedad adoptada; pero la presencia del extremismo islamista es una trampa terrible para la segunda generación de musulmanes en Occidente, y para el mundo entero.

   

jueves, 5 de febrero de 2015

EL BRONCO Y LAS TRANCAS



Jaime Rodríguez Calderón hace gala de la necesidad de extirpar a los políticos corruptos, malos, y flojos.  Expone sus puntos de vista en un video en redes sociales, colocándose una vez más como el paladín de los ciudadanos y el azote de los partidos podridos.

     Siempre es delicado hablar de la deshonestidad de otros antes de examinar la limpieza de las propias ropas.  Hace muchos meses, mucho antes de los tiempos establecidos en los reglamentos electorales para las campañas, los grandes panorámicos anunciaban las posturas de Rodríguez Calderón.  El truco utilizado para brincar estas particulares trancas resultó ser la frase “la película” al calce de los panorámicos, como si se tratara de un film biográfico sobre los quehaceres del sujeto en cuestión. 

    No sé qué me resulta más burdo: el truco y la incapacidad de los reglamentos electorales de contemplar semejante ardid, o la deshonestidad del auto-nombrado ejemplar de la honestidad.

    Es la maniobra más vieja de todas presentarse como “el candidato desde fuera” del orden político que llega para limpiar el mugrero.  La maniobra es vieja porque suele ser eficaz, cuando menos así ha resultado en Estados Unidos donde es usada en cada campaña presidencial reciente.  La desconfianza estadounidense en sus políticos no es muy distinta a la nuestra a pesar de la gran diferencia en la historia de cada país.  Esto se debe en gran medida a la naturaleza actual de las campañas electorales, cargadas como son de propaganda que se extiende como fuego debido a la tecnología moderna.  Cualquier insinuación, insulto, táctica propagandística, rumor, tergiversación, o mentira recorre la población a la velocidad de los electrones.  Lo mismo sucede con la información, las verdades, el análisis, las dudas, y las preguntas.  Pero por encima de las demás cosas, se buscan candidatos con un perfil popular, sonrientes, simpáticos, comunicativos, capaces de atraer a la gente sin poner demasiado en juego sus calificaciones para la chamba que buscan.  Y cuando los elegimos basándonos en esas características, desilusionan.  Nos caen bien y eso nos ahorra la molestia de analizar sus capacidades y su historia.  Pagamos el precio luego.

    Los ataques masivos, pintando a todos los partidos y a todos los políticos con la misma brocha negativa, es una maniobra común para que un candidato se distinga tajantemente de “los otros”.  Es tan injusto como deshonesto, pero utiliza nuestra desilusión y desconfianza, por no decir nuestra abismal flojera, para ahorrarnos el trabajo de cuestionar y analizar.  O tal vez, de leer.

    Hay de trancas a trancas.  Algunas son los impedimentos de la vida que requieren persistencia y valor para brincar, para lograr las metas planteadas, para salir adelante aunque sea a contracorriente.

    Otras se llaman “leyes”.  Habría que pensar que los ciudadanos vamos a pagar las campañas electorales; los requisitos para que un ciudadano sea candidato independiente existen en todos los países democráticos, y en efecto, como dice Rodríguez Calderón, representan impedimentos.  Es adrede.  De no ser así, nos iríamos a la bancarrota tratando de pagar las campañas de cada tío que de repente se crea capaz de gobernar. Si el ciudadano tiene suficiente interés en la candidatura independiente de Fulano o Mengano, entonces que se avoque al trabajo de recabar firmas a favor de su candidato.

    Pero cuidado brincando las trancas que son leyes.  Es precisamente lo que han hecho demasiados gobernantes.  Es precisamente lo que les reclamamos.  Nos parecerán bien o mal esas trancas, pero la forma de cambiarlas es otra.  Un caballo desbocado se lleva de encuentro lo que tenga delante aunque tenga que destruir el obstáculo.  Lo que queremos en nuestros candidatos es experience documentada, mesura, inteligencia, honestidad, arrojo, valentía.  Que nos hablen con los hechos, no con el manipuleo de la propaganda.

miércoles, 28 de enero de 2015

EL MIEDO QUE TE TIENEN


 

El chapulineo, del que nos quejamos tanto y tan justificadamente, es el resultado de la no-reelección.

   La no reelección es el resultado de una historia plagada de encrustados en el poder, de dictaduras, de sendos abusos del poder.  Se comprende, pero a estas alturas de la vida nacional, la no reelección resulta no sólo irrelevante sino una fachada para el juego de sillas musicales propiciado por los partidos donde reside la verdadera dictadura.  En un país realmente democrático, los partidos son los facilitadores de organización,  unión, y de expresión de ideologías.  En un país realmente democrático, el proceso de seleccionar candidatos para los puestos de elección popular está definido, es sistemático y automático.  No es algo que se tiene que determinar al antojo del partido cada vez que se presenten elecciones.

    Detrás de estos deseos de mantener el poder y manipular el juego de sillas musicales yace algo más, un algo que se revela de muchas formas, algo cultural en los aposentos del poder político.  Todo partido y todo candidato en cualquier país democrático se interesan en el poder, en cómo conseguirlo, y qué hacer con él una vez poseído.  Desde los grupos de cabildeo hasta las organizaciones minoritarias de ciudadanos sostienen intereses particulares que luchan por el poder—el poder político, o simplemente el poder de ser escuchados.  En México, se puede agregar otro factor.

    Ese factor es el miedo a la gente, al pueblo.  La Revolución Mexicana sigue viva en su institucionalización de mil formas: ceremonias, días festivos, libros de texto, pero no me refiero al miedo de un levantamiento en armas como la Revolución.  La cultura política mexicana teme la incapacidad de sus ciudadanos.

    En las democracias como la inglesa o la estadounidense, apenas se puede creer la libertad de expresión que tolera insultos, mentiras, manipuleo propagandístico, caricaturas caústicas, y demás tácticas electorales.  Por no hablar de Francia.  Puede uno estar de acuerdo o no, pero más vale reconocer que en el momento en que un país limite la gama de expresión libre de ideas, sean filosóficas o insultos, en realidad se está expresando el temor de que los ciudadanos no tienen la capacidad de pensar por sí mismos.  México gasta fortunas juzgando si tal o cual expresión política durante una campaña es “aceptable” o no; las autoridades dentro de esta cultura política (gobiernos, partidos, pensadores, etc.) no creen que el ciudadano es lo suficientemente inteligente como para reconocer o descartar el resultado de la libre expresión de ideas. 

    Tomemos un ejemplo.  La expresión “AMLO es una amenaza para México” es una opinión que puede sostenerse con argumentos en pro y en contra.  Los argumentos pueden ser económicos, políticos, sociales, históricos, en fin, no hay límite.  Además, las opiniones expresadas en redes sociales rebasan por kilómetros (tanto en su rango como en su estupidez o inteligencia) las frases electorales, y se propagan como fuego en matorral seco.  El intento de imponer límites en la civilidad, o falta de la misma, refleja una profunda desconfianza en el pueblo y su capacidad de pensar.

   Igual con la no reelección.  Los ciudadanos no son capaces de resistir los embates de un caudillo en formación, así que no hay que darles la oportunidad de votarlo más que una sola vez.  En una democracia, un funcionario público puede optar por tomar licencia y postularse para otro puesto, pero no es a producto de gallina.  Existe la posibilidad de reelegirse. Las dos opciones deben existir en una verdadera democracia.

    Y sí, es posible que muchos de los ciudadanos no cuenten con los conocimientos, el interés, la inteligencia, o la cultura para escoger bien.  ¿Pero cuándo ha sido diferente, y en qué lugares del mundo?  La democracia es un sistema defectuoso, a veces injusto, pero puede producir resultados asombrosos, a veces magníficos.  Pero no lo sabemos, porque aquí no la tenemos.

DE LEONES Y TIGRES



 

Se calcula que en Estados Unidos hay más tigres en manos de particulares que en los zoológicos o en su estado natural. 

    Todos los años se registran accidentes o muertes como el resultado de mantener a animales salvajes en situaciones de cautiverio, y eso incluye a los delfines y las orcas.  Estos mamíferos marinos nunca han provocado el registro de ataques a personas en su habitat natural, pero no es así en los acuarios marinos: tanto los delfines como las orcas han atacado a entrenadores y cuidadores.

     La noticia en EL NORTE del miércoles 3 de diciembre acerca de una leona de cuatro meses, paseada en un parque con collar y correa, hace surgir un cuestionamiento acerca de los motivos de los miles de personas que persisten en tener animales peligrosos en calidad de “mascotas”—y de las tiendas de animales que persisten en proveerlos al público.  Esto último es un asunto de reglamentación legal; lo primero está firmemente en el área de la psicología humana.

    ¿Qué busca una persona al hacerse de serpientes venenosas, pitones, cocodrilos, depredadores felinos o caninos, u otros animales que en su estado adulto responden al llamado del instinto (como el chimpancé, por ejemplo, adorable como bebé y agresivo como adulto)?

    Sin duda, una parte de la respuesta es la necesidad de sentirse especial.  Lo especial reside en una extraña alianza con el mundo salvaje, un mundo que símbolicamente puede respresentar muchas cosas, pero sobre todo tiene que ser dominado, amaestrado, para reducir la angustia que surgen de estos símbolos.  Todos compartimos un deseo de acercarnos al mundo salvaje, de comprobarlo “seguro”, de poder acariciar el peligro y ver que el peligro nos acepta, inclusive que nos ama.  Todos cargamos con nuestra dosis de angustia existencial, todos compartimos el deseo de controlarla—no necesariamente somos exitosos en la faena, pero cada quien tiene su estilo.  Los que montamos a caballo lo hacemos por los mismos motivos, pero no es el animal en sí que ofrece el peligro que tiene que ser amaestrado, sino los peligros de la actividad misma.  Es como si cada vez nos dijéramos, “¿Ves? Controlo mi mundo.” 

     Lo malo sucede cuando esas necesidades llegan a cegar a la persona a la realidad, que el animal tiene instintos que la conexión con el ser humano no puede vencer.  La palabra “instinto” está cargadísima de simbolismo también—el tuyo, el mío, el de todo individuo.  En la teoría freudiana, tanto el lenguaje como todo el esfuerzo civilizador se dirigen a mantener el instinto en su sitio. 

     Lo mismo sucede con la gente que practica la pelea de perros; el mejor amigo del hombre es enseñado a ser salvaje para satisfacer las oscuras necesidades de sus dueños.

     No podemos escenificar estas necesidades con animales salvajes sin pagar un precio. Un paseo mínimo por Google mostrará cuántos entrenadores han sido atacados o muertos por sus tigres o leones; el famoso par de entrenadores Sigfried y Roy terminó cuando Roy fue atacado por un tigre en pleno espectáculo.  Tan distorsionada visión de la realidad abrigaba Roy que después explicó que seguramente el tigre intentó “protegerlo” llévandolo del escenario—por la garganta. 

     En alguna medida, estas son las distorsiones de todo dueño de animales peligrosos: la convicción de que nada les va a pasar porque se ha domado lo salvaje mediante el amor, los cuidados, y el cariño. 

    El estado, sin embargo, no tiene porqué caer en semejante engaño porque el peligro no existe sólo para el dueño sino también para su familia o sus vecinos, para la comunidad en general.  El estado (en cualquier nivel) actúa en contra de los intereses del bien común al otorgar permisos para poder poseer animales que no tienen cabida entre nosotros.  Lo absurdo es intentar controlar el tráfico de animales cuando al mismo tiempo damos rienda suelta a los instintos mortales del depredador “mascota”.

ETES-VOUS CHARLIE?


 

 

Un profesor de filosofía que escribe en un periódico estadounidense estuvo en París el día del ataque terrorista a la revista semanario Charlie Hebdo; el conmovedor artículo que escribió acerca de sus experiencias contenía una opinión interesante, aunque a mi forma de pensar, equivocada. 

    El profesor aseveró que no es lo mismo producir caricaturas satíricas acerca de la Iglesia Católica—que en Francia representa la mayoría de los creyentes religiosos—que crear sátira acerca de la religión de un grupo oprimido y minoritario.

    No se aclaró si eso de “oprimido” refería a los musulmanes palestinos o las minorías francesas del Medio Oriente.  Aunque no dudo ni un instante que sea muy difícil ser un inmigrante musulman en Francia, donde la mayoría intenta integrarse a la cultura, y sintiéndose ofendida o no por sátiras acerca de su religión, no sale a matar.  No es su calidad de inmigrante o diferente lo que distingue a los creyentes, por más difícil que tal estado resulte; es el hecho de que existe entre ellos personas dispuestas a usar la violencia para imponer su forma de pensar—si es que la palabra “pensar” sea aplicable.  No es la culpa de los musulmanes pacíficos, de los buenos ciudadanos que laboran todos los días para salir adelante.  Pero sí existe algo en la cultura en general de los países musulmanes árabes que fomenta el tomar las palabras del Profeta como una justificación para actos de violencia.  Ese algo no es una cuestión religiosa, sin embargo, sino son elementos culturales, lo cual explica porqué el país musulmán más grande, Indonesia, no representa un hervidero de yijadistas.

    La pregunta sería, entonces, ¿qué tan válido es calificar ciertas ideas como blancos legítimos de la sátira, y otras no?  De mil maneras se ha hecho mofa de los mormones, los católicos, los evangelistas, los judíos, los budistas, de todas las marcas y los colores religiosos que uno quiera mencionar.  El profesor de filosofía alega que es inapropiado burlarse de las ideas religiosas de un grupo oprimido, pero como filósofo debe saber que las ideas, todas, son cuestionables.  Ese cuestionamiento es la materia de la filosofía.  Cuando no podemos investigar u opinar en voz alta sobre el valor y la validez de una idea, simplemente no somos libres.

    Es una cosa muy distinta decir que un grupo oprimido no debe sufrir el insulto adicional de la sátira de sus creencias, y otra cosa muy diferente decir que no debemos hacerlo porque alquien nos puede matar. 

   No debemos confundir la prudencia o la compasión con la libertad.  No hay duda de que los grupos indígenas en México forman una población discriminada y/u oprimida, ¿pero quiere decir eso que no podemos criticar los múltiples abusos de los derechos humanos de las mujeres que son parte de sus “usos y costumbres”, mismos que pasan la Constitución por el arco del triunfo?  ¿Que no podemos burlarnos de creencias primitivas que incorporan tanto la superstición indígena como el fanatismo evangelista?  ¿Que no podemos cuestionar la validez de un sistema cultural en la cual los hombres no hacen nada y las mujeres lo hacen todo pero sin el derecho de tener propiedades, ni de ser votadas?  Hay grupos de indígenas que se matan entre sí por asuntos de tierras o religión; no hay nada exótico o loable en ello, y si forma parte de los usos y costumbres, tal vez sería hora de que dejemos de confundir una colorida danza indígena o una artesanía bella con el derecho a la estupidez ilegal.

   Francia es la cuna de muchos de los valores más preciados en Occidente, y los franceses han salido a defenderlos con una sola voz: “Je suis Charlie”.  La revista salió el miércoles como siempre; los supervivientes del ataque lo han declarado como una meta ineludible..  Sus temas son sátiras contra cualquier autoridad que los escritores crean pertinente.  Eso no va a cambiar.  Ojalá y nos dé valor para cambiarnos nosotros.  Etes-vous Charlie?

sábado, 22 de noviembre de 2014

Pushing

Odd things happen when you turn my age, which is 70.  For some reason, at 69 you can tell people you go out to walk and run, or that you ride a horse, and although they may be somewhat surprised, as soon as you turn 70 they are appalled. 

By sheer chance, I came across a book of scientific journalism on the history of the development of our current nutritional guidelines.  It is called "The Big Fat Surprise", by Nina Teicholz, who also wandered into the field almost by accident due to her own experiences.  Deciding to experiment on myself, and encouraged by the author's own discoveries, I stopped eating "healthy" and proceeded to lose five kilos, my hair has become thicker and darker, and even my fibro has reduced somewhat.  I did that when I was 69, a month ago, but now that I'm 70, you'd think it was a suicidal act.

Let me make clear that my mind is only 30 and will probably never get past that age.  As a result of my former life as an aerobics teacher, the impulse to push myself past certain limits still remains in place.  Yeah, yeah, I went to the cardiologist and the sports medicine doctor, just to make sure I wasn't going to push myself into an open grave or drop dead on the running path, but in spite of these prudent steps, people who find out I go out and run at this age think I'm nuts.

They could be right.  One must always leave some room for doubt when others disagree, a precept that people involved in religion or politics have forgotten in their desperate struggle for certainty.  So, if I'm nuts, well, then I fulfill my own definition of happiness: the person who is content with his/her own brand of insanity. 

Meanwhile, back in the kitchen, it's bacon and eggs for me.

jueves, 8 de mayo de 2014

Elitist magazines and weird people even closer to home...

A cooking magazine comes to me each month, and it has really wonderful recipes...well, some of them are.  Lots of the ingredients are either unavailable here or are things nothing would induce me to place in my mouth--fish sauce, for example, pretty run-of-the-mill these days but still horrible.  I'm not nuts about fish in its fresh form, much less some kind of fermented extract of rotten fish.

That isn't why the magazine gets on my nerves, though.  It is an elitist magazine, filled with pictures of young folks at the height of their profession, rolling in money, enjoying a dinner party;  or at so-and-so restaurant you are assured that the clients are part of the "fashionable crowd", complete with a picture of someone fashionable: a gal with hair that may have been washed this year, but we aren't sure, and wearing something that could have come from a thrift shop.  Everything she has on probably costs more than my car, but my car sure looks better.  There is something repulsive in this too-cute groveling at the foot of money and expensive eats when people I know just a few blocks away are having a hard time buying healthy food for their kids.  The recipes from said magazine that get to my inbox are often very good, as long as you aren't put off by the silly, inane banter of whoever is responsable for the write-ups.  It isn't the dedication to good food and innovative recipes I object to, it is the self-congratulatory note about how sophisticated we are and the chef name-dropping.  One of the reason Bobby Flay (yes, I dropped his name!!) is so great is that he likes family-style serving in his own home, the kind that avoids the three strings of something green placed with geometric precision to the left of an unidentified sauce (three drops of it) in a main dish you suspect won't have enough calories to allow you to leave the restaurant with energy to spare.  (I have to admit, though, that even funnier than said main courses are t.v. shows that have the chef bending low over his plating, almost touching it with his nose, while with a pair of tweezers he puts a quarter-olive on top of an inch of meat that rests on a thimbleful of sauce.)

Dragging myself to the vet's today on foot to buy dog food, I encountered a running-park acquaintance who asked about my Spinone, who is going back to his breeder on Saturday due to an allergy which can't be successfully treated here.  I never should have opened my mouth--if "live and learn" is true, I'll be dead before that ever happens.  Turns out he is a homeopathic practitioner, and he launched into a speech about how he could cure my dog, how vets know nothing, how commercial dog food, even the specialized kind my dogs eat, is worse than dirt, and my dogs should be eating everything totally raw.  To say that this is controversial still is an understatement in spite of the current trend to give dogs raw meat and raw vegetables and raw bones and raw shoes. 

The guy then went on to say he could cure my fibromyalgia too.  I looked him up on Google once I got home but he does not appear.  He has no office, does homeopathic housecalls, and must make a mint.  I don't really know why these people surprise me again and again.  Considering that nine percent of surveyed folks think the disappeared Malaysian airliner was taken by aliens, and about half of Americans surveyed think the Ukraine is in the U.S., my little sugar pill proponent is on the low end of overall nuttiness. 

Maybe my problem is some kind of unsuspected, unconscious optimism about people that keeps popping up....I could have sworn I'm a realist.